El auto que transportaba a parte del equipo de antropología forense se detuvo, justo a las 8.30, en la entrada del ex centro de detención y tortura clandestino conocido como 300 Carlos, hoy Servicio de Transporte del Ejército, donde funcionó durante años el Batallón de Infantería Mecanizada Nº 13. Desde el interior del vehículo sonaba el ritmo de murga: “Fotos prisioneras en el fondo de un baúl”. “Lo único que te van a pedir es la cédula”, comentó Matías López, arqueólogo del equipo de antropología forense de la Secretaría de Derechos Humanos para el Pasado Reciente de Presidencia de la República, desde 2011. Gustavo Casanova, la otra pata del grupo, entró al auto para esperar con los periodistas y explicó: “Ya viene el oficial a tomar los datos. Yo ya hice el check-in”.

Se acercaron unos oficiales del Ejército y se llevaron las cédulas. No bastaba con tener el pase plastificado que decía “visitante”, sino que debías ser recibido por el coronel Santulio y el jefe de enlace Martirine, según los nombres que llevaban estampados en el pecho. “Zona Militar-Prohibido Pasar”, decían los carteles rojos y rectangulares que se encontraban a lo largo del alambrado y se hacían cada vez más evidentes a medida que el ingreso se dilataba.

En ese momento llegó en su auto la antropóloga Alicia Luciardo, coordinadora del equipo. Un militar se le acercó, le entregó su carné de ingreso y ella entró sin problemas. Gustavo señaló a Alicia y dijo: “Eso es lo que pasa todos los días. Hoy es un día especial”, e hizo una guiñada .“Movemos la fuerza”, decía una inscripción en un mural que se encontraba en la entrada; luego, el equipo transitó por la plaza de armas.

Después, los antropólogos se dirigieron a un galpón donde se prepararon para las tareas y se calzaron con botas de goma, porque el barro era lo que predominaba. Antes de llegar a la cancha donde se estaba excavando, se escuchó el sonido de disparos de metralleta, señal de que estábamos cerca del polígono de tiro. “No es un día normal”, reflexionó Alicia. Los técnicos miraron para atrás e hicieron referencia a una carpa militar que parecía parte del set de una película. En ella se encontraban dos oficiales encargados de esa jurisdicción, acompañados por tres soldados más que observaban atentamente todos los movimientos. Uno de ellos registraba lo que pasaba en el predio con una cámara apoyada en un trípode. Eran como productores y actores, al mismo tiempo, de alguna megaproducción, a juzgar por la prisa con que transitaban por el camino de tierra. El coronel reveló que la filmación fue dispuesta por el Ministerio de Defensa Nacional, para registrar las excavaciones. Según explicó Luciardo, ningún extraño al equipo de antropología puede ingresar a la zona que se encuentra cautelada, por orden de la jueza penal de 2º Turno, Marcela Vargas.

En la trinchera

“Acá estaba la cancha de fútbol y acá la pista de atletismo”, mostró Luciardo. Agregó que continuaron con la búsqueda porque había muchos testimonios que señalaban el lugar “de la cancha”, “el arco de Nacional [por sus colores]”, un lugar sobre el que la información que había, no obstante, era muy imprecisa. López reveló que la zona cautelada es muy extensa y que el objetivo es abordar lugares que quedaron pendientes desde 2005. “La cancha tenía un abordaje en una esquina, un abordaje al final del árbol”, redondeó Luciardo. “Son 3.000 metros cuadrados en total”, agregó López, luego de chequear los datos en su planilla cuadriculada, que representaba el predio en el que se estaba realizando la intervención. En el registro se constataba claramente que se había intervenido desde la “trinchera 1.160”. Casanova iba registrando información sobre el estado de la trinchera: “Sitio, área, sector, cuadro”. El título decía: “Registro, sondeo sin hallazgos”.

Era imprescindible cerrar los ojos en los momentos en que el maquinista, Rodrigo, maniobraba el brazo de la retroexcavadora y producía una tormenta de tierra momentánea. Su función es remover la tierra de las zonas que fueron delimitadas, donde previamente midieron con un metro. El siguiente paso consiste en analizar la zona, identificar el perfil, término con el que se designa la pared de la trinchera, mientras que “planta” significa piso. Los datos recabados se anotan en una pizarra pequeña con la fecha y número de trinchera.

En ese momento fue el turno de la remoción de la trinchera número 1.962. Se observaba una franja color marrón, más clara que el resto; a propósito, indicaron que a este fenómeno se lo conoce como de tierra “alterada”, porque “pasó algo ahí”, aportó Luciardo. Pero en este caso eso se debía a que la trinchera es lindera con zonas ya intervenidas en el período anterior. “Las trincheras que excavamos hoy no tienen ninguna alteración, lo que prueba que nunca hubo nada enterrado. Las alteraciones que hemos encontrado son antrópicas”, precisó. El equipo desechó la teoría de la Operación Zanahoria; eventualmente, dicho procedimiento de enterramiento habría consistido en exhumar el cuerpo, quemarlo y finalmente tirarlo en el mar. La coordinadora concluyó que tomaron la decisión de intervenir la cancha y no el Servicio de Material y Armamento. Señaló un patrón de enterramiento que se repite de 1975 a 1978 y que consiste en hacer una fosa, introducir el cuerpo, arrojar cal y taparlo. Según explicó, su finalidad era que la cal “se comiera” los tejidos blandos, pero resaltó que esto terminó siendo una ventaja para los investigadores, porque ese material fortalece el hueso y lo preserva.

“Allá se encontró el cuerpo de Fernando Miranda”, dijo Luciardo, al tiempo que señalaba hacia un álamo sin florecer, que era más alto que el resto y estaba ubicado en el medio del monte tupido de sauces y álamos, rodeados de una frondosa vegetación. “El caso de Fernando Miranda cierra perfecto: lo torturaron en el centro de reclusión y lo enterraron en el monte, la trinchera de donde se extrajo el cuerpo de Miranda está cubierta de agua”, dijo Luciardo. Precisó que si no fuera por el agua, se podría observar la cal que cubría el cuerpo cuando fue encontrado en 2005. La zona del monte fue señalada por testimonios, por eso gran parte de esa zona está cautelada. La antropóloga indicó que la vegetación habría crecido después. “Cerca de la desaparición de Miranda, el análisis nos marca que había una vegetación arbustiva. Tiene mucho más lógica que hayan enterrado acá [en el monte], que hacer un enterramiento en la cancha, que está a la vista”, remató.

Se completó la mitad de la jornada. López marcó en su planilla la trinchera número 1.193 y los integrantes del equipo se fueron al descanso. Ellos tuvieron la sensación de que el tiempo había pasado rápido porque era un día especial, a diferencia de una jornada de rutina común, que se percibe más lenta por la monotonía del trabajo. “Yo no seguía el tema, pero cuando empecé a trabajar acá me interesó cada vez más”, expresó Rodrigo, que es contratado por una empresa y se unió naturalmente al grupo. Justo a la hora del almuerzo, en el galpón donde descansan, reflexionaron que el momento cúlmine del trabajo es poder hallar los restos.

Luciardo rememoró que el 16 de marzo de 2012, cuando estaban en el campo dentro del Batallón de Infantería Paracaidista Nº 14, en Toledo, en el momento en que se quebró una rama dijo: “Hoy vamos a encontrar a alguien”, y ese día encontraron los restos de Ricardo Blanco Valiente. Sobre esa anécdota de un hecho azaroso, y quitándole todo misticismo, dijo que la ciencia no se basa en corazonadas, sino en el procedimiento. Ese que todas las mañanas retoman, con esperanza.